No existe duda alguna de que las creencias de los religiosos sobre un supuesto dios todopoderoso creador de un casi infinito Universo, pero que sin embargo está siempre atento y preocupado por las miserias de unos pobres monos bípedos que habitan un planeta insignificante ubicado en un rincón de una galaxia del montón no solo es errada sino que es tan absurdamente pueril que debería hacerles sonrojar tanto para que abandonaran de una vez por todas sus delirantes supersticiones.
Porque creer que los dioses poseen una infinita paciencia y una indestructible capacidad para no morir de aburrimiento al escuchar sin exterminar a esos idiotizados creyentes que día sí y día también lanzan al infinito esa estomagante letanía de cobardes y patéticos ruegos como esas de que:
* ¡Señor mío! haz que el zoquete de mi hijo apruebe esa asignatura de matemáticas que lleva tripitiendo desde hace años (aunque mejor sería que hubiera estudiado en lugar de perder el tiempo salmodiando de rodillas),
* ¡Dios mío! cúrame el SIDA o las siempre molestas hemorroides (que lo mismo si ese dios misericordioso no hubiera creado a los patógenos o nos hubiera diseñado un poco menos chapuceramente se podría haber ahorrado todas estas peticiones y ya de paso el inmenso sufrimiento que conllevan),
* ¡Virgen santa! salva por favor a mi familiar enfermo terminal de ese terrible cáncer que la divinidad en su infinita malevolencia ha diseñado tan eficientemente
y así sucesivamente con el resto de las patéticamente egoístas solicitudes de semideficientes mentales que son incapaces de asumir la realidad y enfrentarse a los azares de la vida como verdaderos adultos.
Pero cuando queda más en evidencia este delirantemente absurdo comportamiento religioso, que está a la altura del “razonamiento” de un infante de 5 años, es cuando el creyente abandona todo pudor y como ese niño malcriado y voluble que siempre será ruega a su divino hacedor por más absurdos caprichos.
Y el ejemplo más claro se da en el deporte, porque son patéticamente risibles esas imágenes tan comunes en los piadosos EEUU de Norteamérica (pero no sólo) de atletas multimillonarios arrodillados en medio del estadio pidiendo a su dios (generalmente el judeocristiano en cualquiera de sus variantes) fuerza y ayuda para ganar el partido ¡curiosamente o no! a otros cristianos tan estúpidos como ellos que visten de otro abusrdo color diferente y así poder negociar al alza sus ya agraviantes contratos económicos.
https://youtu.be/MWuu2ZUd92E?si=UIoTPJ1KKIm7B1GD



