domingo, 6 de septiembre de 2026

¿La falta de amigos es una crisis de la nueva generación mexicana o un problema silencioso que afecta a mexicanos de todas las edades?

 


¿La falta de amigos es una crisis de la nueva generación mexicana o un problema silencioso que afecta a mexicanos de todas las edades?

La imagen de una persona joven sentada sola frente a su teléfono, observando cómo el resto del mundo parece tener amigos, fiestas y una vida social activa, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la nueva generación. En internet aparecen cada vez más videos sobre la dificultad para hacer amigos, vivir sin un círculo social o sentirse aislado incluso estando conectado con cientos de personas. El documento que dio origen a esta investigación describe precisamente este fenómeno entre los jóvenes ingleses, donde el número de personas jóvenes sin amigos cercanos ha aumentado y la soledad comienza a hablarse públicamente con una franqueza que antes parecía imposible.

Pero la pregunta es si México está experimentando algo parecido. Y, todavía más importante, si realmente se trata de un problema exclusivo de los jóvenes.

La respuesta que ofrece la evidencia disponible es más compleja de lo que parece. México sí enfrenta un problema de soledad y aislamiento social, pero no existen todavía suficientes datos para afirmar que el país atraviesa una crisis generalizada de jóvenes que literalmente no tienen amigos. En cambio, la información disponible sugiere algo más inquietante: el aislamiento puede afectar a distintas generaciones, aunque cada una llega a él por caminos diferentes.

Un problema que México apenas comienza a medir

Una de las principales dificultades para responder esta pregunta es estadística. En Inglaterra existen investigaciones que permiten seguir durante años el número de jóvenes sin amigos cercanos. México, en cambio, históricamente ha medido con mayor facilidad la convivencia familiar, el bienestar y las condiciones económicas que la calidad o cantidad de las amistades.

Esto está empezando a cambiar. El INEGI incorporó la soledad como una dimensión específica de su Módulo de Bienestar Autorreportado, conocido como BIARE. Desde 2025, la medición tiene cobertura nacional y contempla a la población de 12 años y más, preguntando por la experiencia de soledad durante las cuatro semanas previas. (INEGI)

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre sentirse solo y no tener amigos. Una persona puede tener familia, compañeros de trabajo y contactos en redes sociales, pero no disponer de alguien a quien llamar cuando necesita hablar. También puede tener pocos amigos y sentirse perfectamente satisfecha con esa situación.

Por eso, todavía no podemos decir con la misma precisión que en el caso inglés que determinado porcentaje de jóvenes mexicanos carece de amistades cercanas. Lo que sí podemos observar es que la soledad ha adquirido suficiente importancia como para convertirse en una dimensión oficial de medición del bienestar nacional.

Los jóvenes: más conectados, pero no necesariamente más acompañados

Hay razones para pensar que los jóvenes mexicanos podrían experimentar formas particulares de aislamiento. La vida social de las nuevas generaciones está profundamente atravesada por los teléfonos, las redes sociales y las conversaciones digitales.

Esto no significa que internet haya destruido automáticamente las amistades. Para muchos jóvenes, las redes son precisamente el lugar donde encuentran comunidades, amistades e incluso apoyo emocional. El problema aparece cuando la conexión permanente sustituye progresivamente la convivencia presencial o produce una sensación constante de comparación con la vida de los demás.

El fenómeno descrito en el documento original apunta también a la desaparición de los pequeños espacios donde las personas podían relacionarse sin una invitación formal: lugares accesibles, actividades comunitarias y conversaciones espontáneas con desconocidos.

México comparte parte de esta transformación, aunque con características propias. Las largas jornadas laborales de los adultos, los tiempos de traslado en las grandes ciudades, la inseguridad y las dificultades económicas pueden reducir las oportunidades de convivencia. Para un joven, hacer amigos no depende solamente de querer hacerlo. También necesita tiempo, dinero, espacios seguros y oportunidades para conocer personas repetidamente.

La pandemia añadió otra capa a esta historia. Muchos jóvenes atravesaron años fundamentales para desarrollar amistades mientras las escuelas y espacios sociales permanecían cerrados o funcionaban a distancia. El impacto exacto de ese periodo sobre las amistades en México todavía requiere más investigación, pero sería extraño pensar que una interrupción tan profunda no dejó ninguna huella.

¿Y qué ocurre después de los 45 años?

Aquí aparece uno de los hallazgos más importantes de esta investigación. El aislamiento no es un fenómeno exclusivo de los jóvenes mexicanos.

La Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México, ENASEM, estudia específicamente a la población de 50 años y más. Su existencia es relevante porque permite observar una etapa de la vida que normalmente queda fuera de la conversación sobre la soledad. (INEGI)

Un estudio basado en datos de 11,713 mexicanos de 50 años o más encontró que 42% presentaba soledad y 53% cumplía con criterios de aislamiento social utilizados en la investigación. Los investigadores distinguieron, además, entre la falta de socialización y la experiencia subjetiva de sentirse solo, una diferencia importante porque ambas situaciones no siempre coinciden. (PubMed)

Estas cifras no significan que la mitad de los mexicanos mayores de 50 años no tenga amigos. Pero sí muestran que el problema de las relaciones sociales insuficientes o de la soledad está muy lejos de limitarse a la generación joven.

Para los adultos de 45 años en adelante, la pérdida de amistades puede ocurrir de una manera casi invisible. La vida profesional ocupa gran parte del tiempo. Llegan la crianza de los hijos, las responsabilidades económicas y el cuidado de padres envejecidos. Las reuniones con amigos comienzan a aplazarse y, con los años, algunas relaciones simplemente dejan de existir.

No suele haber una discusión pública sobre ello. Un adulto de 50 años probablemente no grabará un video titulado «No tengo amigos» y lo publicará en internet. Sin embargo, puede descubrir que, después de décadas de trabajo y obligaciones familiares, ya no sabe a quién llamar para tomar un café.

La edad cambia la forma del problema

Las generaciones parecen enfrentar riesgos diferentes.

Los jóvenes pueden tener dificultades para construir amistades profundas. Están conectados digitalmente, pero pueden carecer de espacios y oportunidades para transformar contactos en relaciones duraderas.

Los adultos de mediana edad enfrentan otro problema: conservar sus amistades. El tiempo se vuelve un recurso escaso y la vida social puede quedar subordinada a obligaciones laborales y familiares.

En la vejez aparece una tercera situación: perder parte de la red social. La jubilación puede eliminar relaciones cotidianas, mientras que la viudez, los problemas de movilidad y la muerte de familiares o amigos pueden reducir progresivamente el mundo social de una persona.

Una investigación reciente sobre adultos mayores mexicanos encontró niveles particularmente altos de soledad entre quienes vivían solos durante el confinamiento por COVID-19. Otro análisis de la población de 65 años y más encontró que el aislamiento social era elevado incluso al comparar a quienes vivían solos con quienes convivían con otras personas. (PubMed)

Esto derriba una idea muy extendida: vivir acompañado no garantiza sentirse acompañado.

¿La familia mexicana protege contra la soledad?

México tiene una diferencia cultural importante frente a sociedades donde la independencia residencial comienza a edades más tempranas. La familia extensa conserva un peso considerable y la convivencia entre generaciones sigue siendo común.

Esto probablemente funciona como una red de protección para muchas personas. Pero no es una solución automática.

Tener familiares cerca no sustituye necesariamente una amistad elegida libremente. Una persona puede ser hija, madre, padre, hermano o abuelo y, al mismo tiempo, sentir que no tiene un amigo íntimo. La familia puede proporcionar compañía, apoyo económico y cuidado sin satisfacer por completo la necesidad de pertenecer a una relación social elegida.

El propio estudio sobre aislamiento entre adultos mexicanos mayores de 50 años señala que este fenómeno merece atención incluso dentro de un país descrito por los investigadores como altamente colectivista. (PubMed Central (PMC))

La cultura familiar mexicana, por tanto, podría modificar la forma en que la soledad aparece, pero no eliminarla.

Entonces, ¿es una crisis generacional?

La conclusión más honesta es que todavía no tenemos evidencia suficiente para afirmar que México vive exactamente la misma crisis de jóvenes sin amigos observada en Inglaterra. México apenas ha comenzado a medir nacionalmente la soledad de forma sistemática, y la falta de series históricas específicas sobre amistades impide afirmar si los jóvenes actuales tienen menos amigos que sus padres o abuelos. (INEGI)

Pero tampoco sería correcto concluir que se trata de un problema exclusivamente juvenil.

La evidencia disponible muestra que la soledad y el aislamiento social atraviesan distintas etapas de la vida mexicana. Lo que cambia no es necesariamente la necesidad humana de tener amigos, sino las circunstancias que dificultan satisfacerla.

Quizá los jóvenes son quienes primero han puesto el problema frente a una cámara. Hablan de él con un lenguaje nuevo, publican videos y convierten la experiencia de estar solo en una conversación visible. Las generaciones mayores, en cambio, pueden vivir una experiencia parecida sin nombrarla.

Un joven puede decir: «No tengo amigos».

Un adulto de 50 años quizá diga: «Todos están ocupados».

Una persona mayor podría simplemente dejar de salir.

Las tres frases pueden describir diferentes capítulos de una misma historia.

Por ahora, la evidencia sugiere que la falta de vínculos sociales significativos en México no parece ser únicamente una crisis de la última generación. Más bien podría tratarse de un problema silencioso que adopta distintas formas según la edad: dificultad para encontrar amigos durante la juventud, pérdida gradual de las amistades durante la vida adulta y reducción de las redes sociales durante la vejez.

La gran incógnita es si estamos observando un fenómeno antiguo que finalmente comenzó a medirse, o una transformación social que apenas está creciendo frente a nuestros ojos. Para responder definitivamente será necesario seguir las nuevas mediciones del INEGI durante los próximos años y, sobre todo, comenzar a preguntar algo que hasta ahora las estadísticas mexicanas han explorado poco: no solamente cuántas personas rodean a alguien, sino cuántas relaciones significativas tiene realmente cuando necesita a alguien a su lado.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario