domingo, 25 de enero de 2026

¿Soy el malo?

 

Dicen que la verdad duele, pero nadie te advierte que ser el portador de la verdad en una reunión familiar puede convertirte en el villano de la película en cuestión de segundos.

Era domingo, lo que significaba: comida en casa de mi tía Chelo. El olor a carnitas llenaba la casa, un aroma embriagador que prometía una siesta gloriosa y una presión arterial peligrosa para la tarde. Yo llegué tarde, como siempre, y me dirigí directo a la cocina para saludar.

Ahí estaba mi prima Sofía con su bebé, Leo, que acababa de cumplir un año. Leo estaba en su silla alta, con esa sonrisa inocente que derriba cualquier defensa, y con las manos llenas de algo de un color naranja fluorescente.

Me detuve en seco.

—¿Qué tiene Leo en las manos? —pregunté, tratando de mantener la voz neutral.

Sofía ni levantó la vista del celular.
—Ah, le dieron su lonche. Cheetos sueltos y un Yakult. Le encanta lo picosito.

Sentí un nudo en la garganta. Miré la bolsa de plástico transparente en la mesa, la de las que usan en la tiendita de la esquina. Cinco pesos de Cheetos. Puramente harina, aditivos y grasa. Y un Yakult, que aunque tiene probióticos, también tiene azúcar. Para un bebé de un año, aquello no era un almuerzo; era una bomba de relojería.

—Sofía —dije, acercándome un poco más—, ¿en serio le estás dando cinco pesos de Cheetos y un Yakult como almuerzo? Eso no es comida, es basura. No es un buen almuerzo para un bebé de un año. Necesita proteína, verduras, algo que no sea puro polvo de queso artificial.

La atmósfera en la cocina cambió. Mi prima dejó el celular y me miró con esos ojos entrecerrados que siempre preceden a una tormenta.
—¿Y ahora tú eres la nutricionista? No le hace, está feliz. Míralo, se los termina todos.

—No se trata de que esté feliz, se trata de que tiene un año y sus riñones no son una planta de tratamiento de desechos —repliqué, sin poder evitar el tono de severidad.

Pero la situación estaba perdida. Sofía se ofendió, murmuró algo sobre que yo "creía saberlo todo" y se levantó para sacarse al niño de la silla. Yo respiré hondo, pensando que había hecho mi parte como primo responsable, que aunque me odiara un rato, tal vez Leo cenaría algo mejor.

Eso fue antes de que llegaran las carnitas.

A la hora de la comida, la mesa estaba llena. Guacamole, tortillas, salsas, y el plato estrella: un recipiente de acero inoxidable brillante lleno de carnitas bañadas en su propia grasa.

Estaba sirviéndome cuando vi a Sofía sentar a Leo de nuevo en su silla, ahora en el patio donde todos estábamos comiendo. Tomó un plato hondo y le puso un buen trozo de carnita, muy tostadita, y encima vertió un chorrito de Coca-Cola directly del litro que estaba en la mesa.

Se me cayó la cuchara.

—Sofía, ¿qué haces? —grité, quizás más alto de lo que pretendía.

Todos mis tíos y primos dejaron de comer. El murmullo de la reunión murió instantáneamente.

—¿Qué qué hago? Le doy de comer —respondió ella, desafiante, mientras acercaba el vaso con el líquido negro y burbujeante a la boca del bebé.

—¡Son carnitas y Coca-Cola! —exclamé, parándome de golpe—. ¡Le estás dando grasa de cerdo, sal excesiva y cafeína y azúcar puras a un niño de un año! ¡Te vas a enfermar al niño!

Fue entonces cuando ocurrió el cambio de guion. En mi cabeza, yo era el héroe que estaba defendiendo la salud del sobrino inocente. En la sala de estar (y en el patio), la realidad era otra.

Mi tía Chelo, la matriarca, se acercó y me tocó el brazo con fuerza.
—Oye, joven, cálmate. No le pegues a la madre delante de todos.

—No le estoy pegando, le estoy diciendo que le está haciendo daño a su hijo —defendí.

—Ya, ya —intervino otro tío desde la otra punta de la mesa con la boca llena—. A los niños hay que criarlos con "todo", así agarran costumbre. Tú no tienes hijos y por eso andas así de mocho. No seas tan guapo.

—Esto no es ser guapo, es sentido común —insistí, mirando a Leo, quien ya estaba agarrando la carnita grasosa con ambas manos y chupando la Coca-Cola del vaso como si fuera agua en el desierto.

—¿Ves? —dijo Sofía, con una sonrisa de victoria mientras le pasaba una servilleta al niño—. Le gusta. Y no se ha muerto. Deja de dramatizar, en vez de estar criticando, ayuda a traer más cervezas.

Me quedé de pie, solo, en medio del patio, mientras todos retomaban sus platicos como si no hubieran visto nada malo. Me miraban de reojo, con esa mezcla de fastidio y lástima que se le tiene a quien no sabe "leer el ambiente". Para ellos, yo era el primo amargado, el intelectualoide que creía que sabía criar hijos mejor que nadie, el aguafiestas que arruinó el domingo.

Me senté de nuevo, serví carnitas en mi plato y comí en silencio, masticando con rabia mientras escuchaba a mi familia celebrar lo bien que comía el bebé.

Maldita la hora en que abrí la boca. 

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